Notas sobre el retorno del arte a su función original
I.§
La premisa ya no exige mucha audacia: las máquinas llegarán a hacer mejor arte que los humanos - más diestro, más inventivo, más ágil conceptualmente, sin descanso y a cambio de nada. Un personaje, ofrecido a veces como consuelo, se deshace en cuanto se lo examina: como constructo intelectual - una voz, una narrativa con forma de biografía, una firma de estilo - una máquina puede sostenerla con más constancia de la que nadie podría mantener la suya propia. La destreza hace tiempo que se fue. La novedad se está yendo, y el reconocimiento y el dinero quizá la sigan. Lo que queda no es una facultad que los artistas tengan y a las máquinas les falte. Es algo más extraño: algo sobre lo que los artistas han estado de pie todo este tiempo sin mirar hacia abajo.
II.§
Dos testigos sin relación entre sí describen el mismo rasgo singular del arte, desde extremos opuestos.
«...si se viera que un artista lo hace simplemente por dinero, su obra valdría menos dinero.»
Al observar el mercado, Graeber descubrió que el valor de una obra depende de la percepción de que fue hecha en pos de algo distinto del valor de mercado. De un artista a quien se ve persiguiéndolo, su obra vale menos dinero. Así que el artista tiene que querer algo distinto de aquello por lo que se juzga la obra, y no puede permitirse admitir, acaso ni siquiera saber, que el no-querer es el precio del premio.
«[El saboreo de la rasa es] el hermano gemelo mismo del saboreo de Dios.»
Tras leer mil años de estética sánscrita, Coomaraswamy encuentra la misma ley dentro de la obra, donde lo que está en juego no es el precio sino si la obra llega a cobrar vida siquiera. La esencia del arte, en esa tradición, es un saboreo de lo real más que de los sentidos, y las obras que persiguen la rasa suelen quedarse cortas. La rasa solo llega cuando no se la persigue.
Júntense los dos y aflora una sola regla: aquello para lo que el arte existe solo llega a quien no lo busca, y apuntar a ello es asegurar su ausencia.
III.§
Conocemos esta regla por otro libro, un libro de iluminación. No puedes iluminarte intentando iluminarte, porque quien lo intenta - quien quiere el premio, lo proyecta por delante, urde planes hacia él - es justamente aquello que ha de disolverse. La búsqueda sostiene al buscador, la búsqueda termina no cuando triunfa, sino cuando se la ve por lo que es, y los libros coinciden todos, hasta la exasperación, en que no puedes hacer nada para que esto suceda y todo para estorbarlo.
La misma forma. Una meta que solo puedes alcanzar a condición de haber dejado de perseguirla. Los artistas llevan dos siglos practicando este koan y archivándolo bajo el epígrafe «carrera».
IV.§
Si esa es la estructura, el mundo del arte era una máquina construida exactamente al revés. Funcionaba con ambición - con la persecución del reconocimiento, la posición, el precio, lo próximo que nadie ha hecho. Es decir, funcionaba con la forma más pura posible de alcanzar, que es el único movimiento que garantiza mantener la puerta cerrada. Producía afanosos en cantidades enormes y protegía a casi todos ellos, por la vía de su propia esperanza, de llegar jamás a la cosa que hay bajo el afán. El mercado no solo corrompió al artista. Mantuvo al artista ocupado en el lado de acá de una puerta que la ambición no puede abrir.
Quienes se colaron tienden a confirmarlo: los monjes iconógrafos que pintan como una oración, los alfareros del cuenco de arroz que hacen desaparecer el cuenco en el momento del té, los pintores del manicomio que llenan página tras página sin más ojo que el propio, los jubilados que pintan para distraerse de la cruda realidad de una muerte que se acerca. La cosa que el mercado luego premiaría llega en cada caso, salvo quizá en el de los jubilados, como subproducto de una meta distinta - del mismo modo que el valor que un museo conserva rara vez fue el valor que perseguían sus hacedores.
V.§
Pero no puedes soltar una meta por decidirlo - la decisión no haría sino desplazar la meta. El buscador nunca ha sido capaz de abandonar, porque alguna recompensa parecía aún brillar al final del camino. Lo que el buscador no puede hacer por sí mismo, la circunstancia puede hacerlo por él: la meta puede ser retirada al volverse imposible.
Este es el servicio que las máquinas están a punto de prestar. No están haciendo que el arte sea erróneo, ni prohibido. Están haciendo que su persecución carezca de sentido - toda razón externa por la que una persona haya hecho arte alguna vez, la destreza, la originalidad, el reconocimiento, el ganarse la vida, calladamente clausurada, no por decreto sino por un competidor que lo hace todo mejor y a cambio de nada. La zanahoria no está prohibida: simplemente se la han comido.
Y las tradiciones coinciden: el camino recorrido hasta su final, sin nada que quede por querer, conduce a la apertura real, más allá de la puerta sin puerta donde solo permanece aquello que no puede ser un proyecto. La máquina empieza a parecerse a un motor de renuncia involuntaria a gran escala, que arrebata al artista todo motivo para la obra salvo el único que cuenta.
VI.§
Así pues, la profecía.
Cuando las máquinas hayan tomado la destreza, la novedad, el reconocimiento y el dinero, al artista le queda lo único que ellas no pueden alcanzar: el hacer real, donde algo verdadero llega a la forma, sin ego detrás y sin nada nombrable más allá - el contacto, no el objeto, es lo que importa. La obra de arte emerge como un rastro del contacto. Eso le ocurre a una persona viva o no ocurre en absoluto, y es lo mismo que el jubilado y el monje iconógrafo hacen a profundidades distintas - un trazo, una respiración cada vez.
Muchos abandonarán, pero los pocos que sigan, una vez que la obra no gane nada, harán arte como lo hacían los pintores de las cavernas, antes de que hubiera mercado alguno - porque el hacer es una puerta, y ahora que lo incansable y lo barato ha tapiado el resto, es la única que sigue abierta. El arte resultará haber sido una práctica contemplativa con el traje de una profesión, y la máquina, al hacer imposible la profesión, le quita el traje. Lo cual quizá sea, después de todo esto, el retorno del arte a su función original.
