Esta serie de pinturas emplea fragmentos de paraguas rotos y limaduras de hierro mezcladas en la pintura. Con el tiempo, las esquirlas de hierro se oxidan, cambiando su color y su textura. Esta herrumbre, resultado de la oxidación, conduce a transformaciones visibles en las pinturas. Aquí, el tiempo se emplea como un material añadido, necesario para el despliegue de la obra.

Texturas orgánicas se funden con restos mecánicos, partes de paraguas destrozados, tejiendo un lienzo narrativo colmado de relatos de cambio y adaptabilidad. Las limaduras de hierro mezcladas en la pintura imbuyen estas piezas de una naturaleza dinámica, que evoluciona a medida que el óxido se acumula y altera las tonalidades con el tiempo.
El esqueleto de un paraguas, antaño protector frente a los elementos, resucita ahora. Entrelazándose con los modos imprevisibles de la naturaleza y desencadenado por la decadencia, inicia un proceso de renovación. Estos objetos otrora abandonados son reciclados, ganando nuevo propósito y sentido. Su transformación, unida al proceso continuo de oxidación, simboliza un viaje más allá de la quietud de una pieza «terminada».
Dentro de esta fusión, mientras la naturaleza atiende lentamente al óxido y las esquirlas de hierro empiezan a curtirse, emerge una historia de resistencia. Tanto el tiempo como los objetos, en sus papeles cambiantes, muestran una capacidad de ajuste, buscando el equilibrio en medio de la alteración. Esta resistencia consiste en persistir y en reconocer las nuevas formas y sentidos que surgen del deterioro, evolucionando sin cesar con las tonalidades cada vez más hondas de la decadencia.
Los fragmentos de paraguas, parte de este nuevo juego, asumen papeles en una historia más amplia de cambio, persistencia y la perpetua fluctuación entre el orden y el desorden. Esta historia reclama un examen más hondo del encanto que se halla en lo imprevisto e invita a contemplar las innumerables posibilidades nacidas de la unión de reinos dispares, en una forma de arte que se desplaza incesantemente.