
Esta obra construye una máquina de prueba pequeña y sucia donde las estructuras repetibles se convierten en cuerpos variables y donde la ausencia actúa.

Si las máquinas pueden suministrar excelencia artística bajo demanda, la calidad ya no nos dice qué produjo una obra ni por qué.

El árbol, nacido algorítmicamente, gana sentido solo bajo el escrutinio del espectador, sus raíces binarias se despliegan no en la tierra, sino en el paisaje mental donde el ojo del observador injerta sentido sobre los píxeles inertes.